La masculinidad fragilizada de un hombre «en el contexto adecuado» puede ser una bomba de tiempo.
El odio, resentimiento y la sed de reclamar lo que “piensas” te corresponde, puede venir por ahí.
Este es un caso ordinario de nuestros días. Un entorno feminizado que busca castrar la naturaleza de los hombres.
Empuja hacia la oscuridad, la valía, el poder, la fuerza, el comando e incluso, sataniza la violencia enviándola hacia fosas comunes, que aunque en la narrativa en contra de los hombres se “percibe genial”, en algún momento, volverá a despertar.
Haciendo útil y nuevamente esencial la misión del hombre líder, inteligente, independiente y aguerrido.
Somos buenos; generalizando, acusando y castrando la expresión de nuestros cuerpos y mentes, échale la culpa a la educación de las escuelas, los gobiernos progresistas o las iglesias, da igual, el resultado es el mismo.
Generaciones de hombres domesticados incapaces, siquiera, de caminar solos, mucho menos, de responsabilizarse por su decadencia, pues únicamente expanden barriga comiendo, viendo memes y series digitales.
Sin embargo, nada de esto está fuera de los ciclos normales de nuestra civilización, en donde los entornos confortables se debilitan y los incómodos se fortalecen.
El desafío real es el hombre debilitado y cristalizado que se cree un hombre fuerte. Bien dicen que la fuerza trae problemas, la debilidad trae otros más, aunque la debilidad que haces pasar por fuerza es la más letal.
La flaqueza que se hace pasar por fuerza es la debilidad peligrosa, y si siendo un hombre contemporáneo estos temas te resultan ajenos, puedes, ¿por qué no?, estar del lado errado de la ecuación.
Hundido en la frustración, corriendo en una jaula que tal vez, algún día se rompa, o mejor, rompas tu mismo para ser el hombre que realmente viniste a ser, si es que despiertas a tiempo.
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