Producto masculino; la promesa

Producto masculino; la promesa

Un producto que promete lo que no puede demostrar con hechos no tiene autoridad. Tiene ruido.

Dieciséis años en esto y hay preguntas que ya no me hago con ingenuidad. ¿A quién le importa lo que prometes con tu marca? ¿Acaso aún viven los hombres inocentes que creen en esas promesas?

Y como siempre que miro hacia atrás, me río de lo que antes era una ley y ahora es una burla.

Cuando empecé tenía mis promesas: ayudarte a impresionar, mostrar tu verdadero valor, construir una marca que te represente. Frases más o menos simpáticas que creía que movían a los hombres correctos hacia lo que ofrecía.

No movían nada. Eran decoración.

Las promesas que nadie lee

Si ves a tu alrededor, ¿quedan hombres que aún creen en la promesa de una marca?

Las marcas, sobre todo las comerciales, hacen tantas promesas que el hombre que ya compró una vez no vuelve a creerle a ninguna. No es cinismo. Es aprendizaje acumulado.

Son como las visiones y misiones de las corporaciones: palabras ridículas que solo el que las escribió cree que a alguien le importan. Nadie las lee. Nadie las recuerda. Y si las recuerdan es para usarlas como evidencia de lo contrario.

Un hombre con dieciséis años haciendo esto no puede seguir vendiéndote frases. Puede mostrarte resultados o callarse.

Lo que reemplaza a la promesa

Tus clientes, en algunos casos más actualizados que tú, con un par de clics pueden desmentir cualquier promesa falsa que hagas.

Con el conocimiento se pierde la inocencia, y son pocos los hombres inteligentes que hoy creen que alguien va a volverlos millonarios o a resolverles todos sus problemas. Lo saben. Lo que evalúan es si tienes hechos que sostengan lo que dices.

Lo que digas sin hechos detrás no es relevante. Ten cuidado con lo que prometes.

Un hombre con recorrido no necesita prometer. Necesita mostrar. Y si no puedes mostrar, la promesa es solo ruido de fondo en un mercado lleno de ruido.

Porque la mejor manera de prometer es con hechos, no con palabras vacías.

Así que la próxima vez que te preguntes cuál es mi promesa de valor, pregúntate mejor ¿cómo aporto valor con mis hechos?

No solo suena mejor. Cambia la manera en que ves tu producto y la solución para quien lo creaste.


De la saga:

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Renzo D’Angelo

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